Moguer - Nuestra Señora de Montemayor y Cofradía del Santísimo Sacramento

Imagen Hermandad

La Virgen aparece de pie sobre una nube con querubines. Sostiene al Hijo con su brazo izquierdo, mientras en la mano derecha porta el cetro real. Comple­tan el repertorio iconográfico: corona, ráfaga y media luna. El Niño, de grácil y diminuta presencia, resalta su carácter deifico al bendecir con la diestra a la griega.

El rostro de la Señora, de correctas y nacaradas facciones, parece cobrar vida gracias a sus ojos vítreos y a su abundante cabellera natural. Aditamen­tos estos que acentúan el naturalismo de la estatuaria barroca. Su indumenta­ria, realizada a base de ricas telas y bordados, denuncian la afición a lo curvilíneo, a lo decorativo y al efectismo teatral tan propio de la imaginería barroca sevillana. la Virgen viste saya de raso blanco y manto de terciopelo rojo o verde. Colores que en la iconografía sagrada vienen a simbolizar la pureza, el amor y la regenera­ción del alma mediante las buenas obras, respec­tivamente.

Destruida la efigie anterior en 1936, se encargó la ejecución de una réplica de aquélla al escultor Sebastián Santos Rojas, quien firmó la actual imagen en la espalda con la siguiente inscripción: «SEBASTIAN SANTOS. 1937. SEVILLA».

Una piadosa tradición, tejida con fibras de milagros, explica a nivel popular la aparición de la Señora. Fue recopilada en 1714 por fray Felipe de Santiago. La narración, resumida en líneas generales, viene a decir que en el año 714, el sacerdote moguereño Juan Antonio Quinta Cabaña, solicitó a los dirigentes musulmanes de Moguer permiso para que los cristianos del lugar pudieran habitar un barrio. La petición fue desestimada, porque un influyente judío se interpuso. No obstante, gracias al pago de un cierto impuesto, consiguió que su familia perma­neciera libre en el pueblo.

Precisamente, Juan Antonio fue quien ocultó el simulacro de Santa María de la Natividad -nombre con que era invocada en aquel entonces la imagen- en el paraje denominado «de la Mar». Allí poseía el citado sacerdote una heredad con una quinta y una cabaña, por lo cual le llamaban los lugare­ños Quinta Cabaña. Frustrado su intento de construir un oratorio en su propia quinta escondió la efigie en una encina, situada en un gran barranco de considerable espesura. A partir de ese momento, comenzó a correr entre los vecinos la creencia de que en el monte grande o mayor sucedían diferentes asombros.